Cuando se pregunta a la gente, ya mayor, de qué se arrepiente, las respuestas son casi monótonas en su coincidencia. Casi nadie se arrepiente de haber trabajado menos. Casi todos se arrepienten de no haber pasado más tiempo con las personas que querían. La unidad de ese tiempo, una y otra vez, es la comida.

La cultura española se construye sobre la idea de que la amistad y la familia no se sostienen con gestos ocasionales grandes, sino con el tambor constante de la comida compartida. La comida del domingo. Las tapas del martes después del trabajo. El café de la mañana en el mismo bar con los mismos vecinos. Son los pequeños actos repetidos que, con los años, se convierten en una vida vivida juntos.

«El amor, al final, es sobre todo la disposición a compartir una mesa.»

El ritual hace lo que la buena intención no puede

La razón por la que el ritual funciona — por la que «todos los domingos a las dos» supera al «tendríamos que vernos un día» — es que elimina la negociación diaria. No tienes que decidir si vas a ver a tu hermana este fin de semana. Ya lo decidiste, hace años. La decisión fue el ritual. Solo queda aparecer.

Por eso también los rituales en torno a la comida sobreviven cuando otros se desvanecen. La religión puede retirarse, la vida cívica puede adelgazarse, pero el impulso de reunirse en torno a un plato de algo caliente es profundamente humano y muy difícil de matar. Los españoles, simplemente, lo protegieron en lugar de dejar que la comodidad lo erosionara.

La herencia silenciosa

Los niños que crecen en torno a una mesa recurrente heredan algo que tardarán años en nombrar: el supuesto de que forman parte de algo. De adultos, lo recrearán en sus propias casas, normalmente sin darse cuenta. La mesa se replica.